Amanda, por Paula Castro
Tengo una hija y entonces soy madre. Como madre tengo una misión, ocuparme de que ella sobreviva. Y si esto sale bien, que aprenda. Que se civilice. Los chicos aprenden por repetición. Por copia. Y como están en cero, las primeras instrucciones son básicas. Caminar, tomar agua de un vaso, saludar con la mano. Lo que mejor sabe hacer no se lo enseñé yo directamente, sino que me lo copió y es agarrar un celular o cualquier objeto chato y con botones y apoyárselo en la oreja. A veces balbucea y hace que habla. Esto es esperable en un niño y resulta gracioso para los demás. A mí, como madre, me enorgullece porque aprende, crece. Como mujer no deja de darme vergüenza porque sé que podría enseñarle algo mejor.
Ella trabaja de investigar todo lo que está al alcance de su mano y yo trabajo de mirar que su investigación no la mate ni le ampute algún miembro u órgano.
Un segundo objetivo es estar ahí para evitar que destruya las pertenencias, la casa. Y en ese estar, que tiene muy poco de hacer, incorporo información nueva. En este año aprendí que en los agujeritos de una paleta de paddle entran treinta y seis marcadores Caran d´ache comprados en el aeropuerto de Barajas a medio menemismo y que la infancia de mi hija va a destrozar lo que queda de la mia. Que un kilo de azúcar alcanza para hacer un camino desde la cocina hasta el living, darle una vuelta a la mesa baja, doblar por el pasillo y llegar al baño donde, si soltás el paquete adentro del inodoro, se disuelve el resto del azúcar que sobró y hace un jarabe amarillento. Que barrer azúcar no es tan fácil como parece. Que en una botella de aceite entran por el pico monedas de diez centavos, que tardan un rato en llegar al fondo y se quedan ahí para siempre pero que no alteran el sabor a girasol. Que un pistolete es la mejor herramienta para robarte torta cruda de un bowl gracias a los bordes curvilíneos que dan acceso a todos los rincones. Que se tarda en entender que la gravedad es una ley que no va a fallarte pesen más o menos los objetos y que cierta terquedad humana obliga a comprobarlo durante meses. A veces pasa que algunos objetos se rompen y otros no. Los objetos rotos son nuevos objetos para analizar y no más que eso porque no se lamenta la pérdida si no se conoce uso o valor y que es muy fácil resignificarlos como enteros otra vez.
Un miércoles Amanda sacó un huevo de la heladera lo tiró al piso y tuvo sorpresa. Fue un truco de magia. El huevo estalló y de blanco y redondo se volvió amarillo, chato y viscoso. La yema apenas se cortó y la clara la ayudó a mantener la forma. Amanda se sorprendió o se asustó o se decepcionó o las tres cosas a la vez, frunció la cara y empezó a llorar. Sin abandonar nunca su trabajo de investigadora, caminó segura hasta el huevo, se agachó y metió primero un dedo en el medio de la yema y después la mano entera tratando de capturarla. La yema se escapaba flotando en la clara. Lloró durante toda la investigación y a mí me hizo gracia el desconcierto frente a algo tan natural como que se rompa un huevo. La miré porque soy madre y miro. Recompuse la secuencia y la trabé en un recuerdo para, si hiciera falta, contárselo cuando ella entienda y sepa que yo, como madre, le debo respuestas, historias y atención y ella me las reclame. Y no más que eso.
Ahí se me escapó otra vez la chance de curtir maternidad. La maternidad de los grandes, la de los padres de familia, la de los libros de sección maternidad. No fui ni la madre cariñosa y dulce que le dice que no, que la heladera no se abre y mucho menos descalza, ni la madre toc por la higiene que se enoja porque hay huevo en el piso justo hoy, que vino Lili a limpiar, ni la mujer sometida que soluciona todo antes de que tu padre vea lo que hiciste ni le justifiqué a un marido qué era eso otro más importante que estaba haciendo yo cuando pasó esto. Tampoco me reí de eso con alguien más y lo compartí en la mesa, a la noche, comiendo helado. Se me quedó a mi sola y yo no hice nada más que mirarla. Esperé a que dejara de llorar, esperé a que logre llevarse algo de clara a la boca para probarla y ponga cara de asco y lo escupa sacando la lengua y no me preocupé demasiado por verla comer huevo crudo porque en mi casa comemos torta cruda del bowl y eso tiene huevo crudo.
Limpié el piso. Limpiar un huevo tampoco es tan fácil como parece porque no se absorbe con rollo de cocina. Tuve que agarrar un cucharón y empujarlo en un envase vacío de yogurt. Levanté las cascaritas y después pasé un trapo húmedo. El piso quedó pegoteado hasta el jueves siguiente que vino Lili.
Otros días estoy más dócil o más débil y dejo que se me cuelen cuadros que no son míos, como si me fuera juntando las figuritas difíciles, aunque sean prestadas, de una maternidad que no salió como esperaba. Nico tocó timbre, Amanda dijo papá y corrió a la puerta, yo la ayudé a colgarse del picaporte, la abrimos juntas y lo hicimos pasar un rato. Ese día, mientras la terminaba de cambiar y había un padre mirando, fui más madre. Y le conté todas las veces que Amanda dice papá cuando él no está y él me contó que intenta que Amanda diga mamá, porque me lo merezco dice, pero que no repite, pero que aprendió a decir leche, y tres si le adelantas el uno… dos… y…. que desde la esquina ya dice abu y que mientras le das de comer pide agua, fuerte y claro. Amanda no dice mamá y a mí me detona y yo no lo digo pero él lo sabe y nos cubrimos en eso, somos socios. La bajé de la cama y antes de que le pusiera las zapatillas salió corriendo al baño a robarse la pasta de dientes para comérsela y la reté. Y como pocas veces le sucede de tener la chance de buscar consuelo en otro que no sea yo y construir de a poco un amor propio que tenga más sentido, aprovechó la presencia del padre y corrió a buscar a Nico, que se prestó para armar un cuadro perfecto y le dijo que no, que no lo busque a él, que la mamá le estaba hablando. Me conseguí otra figurita: “late”. Nos sonreímos, porque separados descubrimos que la paternidad es más real si hay otro al lado para acompañarte, al menos hasta que Amanda nos hable y nos reclame. Mientras tanto se nos parece más a un juego y lo dramatizamos porque en el fondo sabemos que nos estamos haciendo un favor a los dos y la impresión queda perfecta en el recuerdo porque no hay repetición ni rutina que la agote y así desfiguramos nuestra cotidianeidad de padres solos. Yo me aflojo y le cuento que el miércoles, mientras limpiaba el piso entró el sol de la tarde por la ventana y se dibujaron los rayos en el aire, se veían las partículas de polvo brillantes flotando, Amanda las descubrió y trató de agarrarlas en puntas de pie hasta que las nubes se movieron un poco más y desaparecieron.







